Las relaciones entre Estados Unidos y el resto de los países se remontan, lógicamente, al origen de la historia norteamericana, pero la Segunda Guerra Mundial marcó una línea divisoria decisiva, de manera que empezaremos en ese punto.
La élite que dictaba la política norteamericana era consciente de que el nuevo EEUU que surgiría de la Guerra se iba a convertir en la primera potencia global del planeta, y ya durante la guerra e inmediatamente después de ella planificaron cuidadosamente el diseño del paisaje de la posguerra. Ya que estamos en una sociedad abierta, podemos estudiar sus planes, que, por otra parte, eran claros y diáfanos.
Los políticos norteamericanos, desde los del Departamento de Estado a los del Consejo de Política Exterior -uno de los canales de mayor influencia de los intereses económicos en la determinación de la política exterior-, estaban de acuerdo en que el dominio de Estados Unidos debía mantenerse. Pero había un amplio espectro de opiniones diversas sobre como conseguirlo.
Sus operaciones incluían un «ejército secreto» potenciado por la alianza anteriormente aludida, que facilitó armas y agentes a pequeños ejércitos creados por Hitler, que seguían operando dentro de la Unión Soviética y de los países de Europa Oriental, durante los primeros años de la década de los cincuenta. (Este asunto es bien conocido en EEUU, pero considerado insignificante, aunque habría que ver las ampollas que hubiera levantado el hecho, por poner un ejemplo, de que la Unión Soviética hubiera proporcionado armas y agentes a un ejército creado por Hitler en las montañas Rocosas).
Extracto del libro, Las verdaderas intenciones del tío Sam de:
“NOAM CHOMSKY”

